La Meueida (la historia más friqui jamás contada)

Historia épica sobre un hombre y sus cojones.

lunes, julio 16

Capítulo noveno: Rebelión

Aguardando la llegada de Meués y Eloués, los escrótidos, ya recuperados del cansancio, propusieron hacer una reunión para decidir el futuro de Meués como jefe.

—¿Por qué ha de ser él?, no es más que nosotros.
—Meués nos salvó en Alquérias, todos hubiésemos muerto allí de no ser por él.
—Simplemente tuvo suerte, un golpe de suerte seminal, eso es todo.
—Nos salvó de la bestia hace un par de noches, la bestia cuyo grito desgarrado heló nuestra sangre.

Después de horas de discutir llegaron a una conclusión. Al regreso de Meués se celebrará una votación escrotiana (una votación escrotiana, no es ni más ni menos que una votación normal, todo el mundo es candidato y nadie puede votarse a sí mismo, porque en las primeras elecciones a gobernador de Escrotia, absolutamente todos los votantes se votaron a sí mismos. Con los resultados en la mano, se elige a los dos más votados, estos dos, se hinchan a hostias hasta que uno de los dos caiga muerto o se rinda).

Meués llego a Xovarh pasados tres días, allí no se veía alefantio ninguno, sólo cutimaños celebrando su victoria: habían llegado tarde. De repente algo les asustó, un ruidito, ambos se giraron y vieron que estaban rodeados por unos encapuchados que les apuntaban con arcos, uno de ellos, el que parecía mas grande y corpulento, se les acercó y les dijo:
—Seguidnos, no queremos haceros daño.

Tras unas horas de viaje, entraron en una cueva, allí ante las sorprendidas caras de Meués y Eloés sus extraños captores retiraron sus capuchas, eran alefantios.

—Hasta nuestros oídos ha llegado la gesta que los escrótidos protagonizasteis en Alquérias, soy Don Pinpón gobernador de Xovarh —dijo el alefantio mas alto, que tenía el pulgar de la mano derecha igual de grande que el resto del brazo—. ¿Cómo os llamáis, guerreros?
—Soy Meués el Ou, jefe de los escrótidos, y éste es Eloués Meu segundo en las filas escrótidas. ¿Sois los supervivientes del asedio?
—Sí, las tropas de Zaplanah «El Recalificador» nos masacraron en tres días, decía no sé qué de un parque que construiría en nuestras tierras. Nosotros luchamos como pudimos, pero esos cutimaños —y en este momento Don Pinpón, se echó las manos a la cara y rompió a llorar—. Nada pudimos hacer —dijo entre sollozos—, diezmaron nuestras filas, quemaron nuestras casas y se follaron a nuestras cabras y mujeres. ¿Qué haremos ahora?
—Nosotros os ayudaremos, ¿de cuántos hombres disponéis?
—Creo que... juntando los dos grupos de alefantes, pues nos dividimos para llamar menos la atención, podríamos reunir unos... doscientos hombres fuertes para luchar.
—Bien, en dos semanas estaremos aquí con el resto de escrótidos, decid a vuestros compañeros que estén listos para la batalla, nos reuniremos aquí en dos semanas, no podrán con nosotros.

Después de tres días y medio de camino, exhaustos como estaban, encontraron un ambiente que no se esperaban. La gente se hallaba crispada por culpa de una idea que había surgido: ¿merecía Meués ser jefe de los escrótidos? Habían decidido mientras estaba fuera que no se había ganado ese privilegio y que tendría que ser sometido a votación. En la votación salieron como vencedores Meués y un enorme guerrero, el más fuerte de todos, posiblemente también el más cabroncete, pues sabía que podía ganar a Meués con los ojos cerrados, y puso a muchos escrótidos a su favor y en consecuencia en contra de Meués. La gente se hallaba dividida, incluso Choch On que se había estado tirando a el contrincante de Meués, por si acaso, no sabía qué pensar, ¿quién ganaría?

—Como manda la tradición, ahora debes vencerme si quieres seguir liderando a los escrótidos —dijo el inmenso escrótido llamado Al-Morranna Sangrante.
Meués tragó saliva —Y lo haré, por que tengo huevos.

Aún no había terminado la frase, cuando un tremendo hostión le derribó. Desde detrás se oía a Al-Morranna reír y burlarse. Pero no duró mucho la alegría, pues Meués le acababa de propinar un tremendo golpe en la parte posterior de la rodilla que le hizo caer. Al-Morranna cogió en volandas a Meués y al grito de «!yo, te revientoooooo¡» lo lanzó contra un árbol. Ya sin saber de dónde le venían los golpes, nuestro heroico pero ensangrentado protagonista aprovechó un descuido de su contrincante para ponerse en pie. «Lucha como un hombre», le gritó a Al-Morrana. Craso error, pues, lo último que Meués consiguió ver antes de que la sangre le entrara en los ojos, fue una vena que palpitaba en el cuello del hombre que lo estaba machacando, mas o menos del diámetro de una anaconda. Pasaron unos cuarenta minutos en los cuales, Meués aguantó estoicamente todos los golpes que amablemente le propinaba su compatriota.

Detengámonos a ver esta escena con detenimiento, pues marcará el futuro del periplo que nos ocupa. Meués hecho literalmente papilla, el gigantesco escrótido que ante él se encontraba, fresco como un paquete de arroz tres delicias de Findus. Al-Morranna inició una carrera a toda velocidad puño en ristre, con el fin de arrancarle la cabeza de un último y fatal golpe a Meués, éste, desesperado por no encontrar la manera de vencer, se preparó para lo peor, pero en ese momento, en ese preciso momento en el cual tenía por cierto que moriría, ocurrió lo increíble, una luz al fondo del negro túnel en el que estaba sumiendo despuntaba: la espada. Asió como pudo la empuñadura y entonces comprendió lo que tenia que hacer. Miró al cielo, alzó la espada y gritó, «YMCA», de la espada brotaban rayos cegadores. Sólo pasados un par de minutos pudieron los escrótidos allí reunidos ver a Meués. Estaba igual, pero distinto, la sangre seguía cubriendo su cuerpo, pero un aire de seguridad le rodeaba, entonces miró a su alrededor, vio la cara de sus compañeros y amigos, limpió la sangre que cubría su cara con su mano izquierda, y entonces dijo pausadamente «ya sé kung-fu». Cuando Al-Morrana se dirigía hacia él para rematar la faena, algo sucedió. Meués se apartó con un simple gesto, librándose así del monstruoso golpe que se le venía encima, para, acto seguido, propinarle un tremendo rodillazo en el estómago a su rival, que le hizo brotar sangre de la boca y lo dejó sin sentido.

El día siguiente, con el cuerpo dolorido, pero contento por su victoria, reunió a los escrótidos, y les dijo:

—Amigos, debemos devolver Xovarh a sus legítimos dueños, sabemos que ésta no es nuestra guerra, pero aquí estamos. Pudiera llegar el día en que un escrótido no cumpla su palabra, incluso pudiera llegar el día en que los escrótidos salven sus cojones volviendo a casa, pero hoy no será ese día. Nosotros lucharemos, y lucharemos como lucharíamos para proteger nuestra tierra. Éste amigos, es un mundo extraño, por un chusco de pan te pegan dos collejas y se quedan más anchos que largos, pero un pacto ancestral nos une a esta gente. ¿Hay alguien aquí que quiera volver a casa?

—¡Yoooooooo! —gritó todo el mundo.
—Y yo, amigos, pero lo que realmente debéis de preguntaros es ¿queréis regresar con la cara bien alta y poder mostrar cómo vuestros huevos vencieron a todos los enemigos que ante vosotros se presentaron, o por el contrario queréis volver como perros, con el rabo entre las piernas? Puede que así os salvéis, viváis, un tiempo al menos, pero pensad: dentro de un año o dentro de treinta, en vuestro lecho de muerte, ¿acaso no cambiaríais todos esos años, cada día de ese tiempo, por morir como un escrótido luchando?
—¡Siiiiiiiiiiii!, ¡lucharemos! —gritaron todos al unísono.

viernes, junio 1

Capítulo octavo: Un encuentro inesperado

En aventuras de este tipo, que no requieren mención por no tener trascendencia en la historia, pasaron nuestros valientes aventureros las tres semanas siguientes. La marcha hacía de los hatillos y las armas pesados yunques para nuestros valientes escrótidos y los ánimos decaían al atravesar esos parajes donde no se veía un alma. Ni siquiera los tarros de mayonesa que portaban los guerreros en el cinto para los momentos de desesperación aplacaban los ánimos. Entre susurros se hablaba de motín en el pelotón. Hasta que, adentrándose ya en la provincia de Xovarh, vieron el porqué de la desesperada petición de ayuda de la población: bosques quemados y cosechas arrasadas y abandonas a los elementos componían ahora el paisaje. A seis millas de la entrada del pueblo de BilaBeya-Ñagañosa ya podía percibirse el olor a podredumbre cuando el viento soplaba en contra. Eloués se acercó a su primo.

—Primo, este olor no me da buena espina. La muerte se huele en la zona.

—Tienes razón, primo. Deberíamos avanzar con cautela. Manda detener a las tropas, tú y yo avanzaremos como oteadores esta vez. De este modo, reforzaremos el respeto de nuestros hombres, que andan abatidos después de la infructuosa marcha.

De esta guisa, nuestros amigos dejaron a sus tropas descansando en el campamento y avanzaron hasta el pueblo, para descubrir qué horrores escondía. El camino de seis millas se prolongó por lo angosto, así que pasadas unas pocas horas, los intrépidos escrótidos se sentaron junto a un riachuelo; pretendían remojarse los escrotos y renovar los ánimos.
Ya se disponían a proseguir la marcha cuando, de pronto, una piedra golpeó a Eloués en la espalda y le hizo caer de bruces al agua. Decenas de pequeños hombrecillos surgieron por todas partes. Eran marik-hitas, individuos de una extraña raza que habitaba en el subsuelo. Por lo general, un mark-hita no constituía un serio rival en combate para un escrótido, pero éstos eran numerosos e iban fuertemente armados y todos llevaban la cara pintada con curiosas pinturas de guerra en tonos rosas. Meués ayudó a su primo a incorporarse al tiempo que dirigía la palabra a los inesperados aparecidos.

—Nada tenemos contra vosotros, pequeños guerreros. Somos soldados en avanzadilla del ejército de Escrotia, nos dirigimos hacia la ciudad de Xovarh. Dejadnos proseguir nuestro camino.

El que parecía el jefe se destacó del grupo.

—A nosotros nos importan tres pimientos las guerras de la gente grande. Vosotros habéis mancillado nuestro río sagrado metiendo en él vuestras partes pudendas —dicho esto, todos los marik-hitas hicieron una mueca de asco y desaprobación— y no vamos a consentir que os vayáis de rositas así como así. Pero, nos habéis pillado de buen humor, así que no vamos a mataros enseguida. Os vamos a dar a elegir. Muerte o mhorondongoh.

Los escrótidos asustados se miraron, no sabían en qué consistía el mhorondongoh, pero a buen seguro les permitiría ganar tiempo.

«¡Mhorondongoh!» dijeron los dos al unísono. En ese momento, todos los marik-hitas sonrieron y comenzaron a babear, presas de un repentino frenesí.

«¡Mhorondongoh!, ¡han dicho mhorondongoh!» gritaban todos los marik-hitas mientras bailoteaban, se abrazaban, se guiñaban los ojos y se soplaban besos los unos a los otros.

—¡Ejem! —tosió el jefe interrumpiendo el barullo—. Los prisioneros han elegido mhorondongoh. Y me alegro, pues sería una lástima matar a tan apuestos guerreros, que marchan hacia la batalla sudorosos, portando en sus brazos musculados sus escudos. Y por lo que se ve, tan bien armados.

Meués y Eloués volvieron a mirarse, en ese momento cayeron en la cuenta de que habían olvidado sus espadas en el campamento y no entendieron a qué se refería el jefe de los marik-hitas. Un sudor frío de pánico e incertidumbre recorrió sus escrotos. Meués, disimuladamente, echó un vistazo a su alrededor por ver si había escapatoria. Pero en todas direcciones, sólo podía verse marik-hitas relamiéndose ante el funesto destino que aguardaba a nuestros amigos. Un grupo de pequeños guerreros se acercaban ahora llevando consigo un artilugio mecánico que era una escalera, pero con ruedas.

—Es por cuestión de talla —aclaró el jefe marik-hita—. Vosotros sois gente grande y digamos que necesitamos posibilidad de tener…digamos…¡contacto físico! —y en este punto puso los ojos en blanco—. La ceremonia del mhorondongoh no debe tomarse a la ligera. Será necesario que os despojéis de vuestras vestiduras.

Eloués, no pudiendo contenerse más dijo:

—No es por nada, oh, gran jefe marik-hita. Pero me da a mí en la nariz que vuesa merced, preparando el ceremonial del mhorondongoh evidencia trazas de bujarrón. Y no sé por qué, me parece que lo que vos queréis, dicho de forma vulgar, es darnos por culo.

El barullo se desató en ese momento, los marik-hitas enfurecidos gritaban «¡Ha dicho Culo en vano!, ¡ha dicho Culo en vano!» Todos desenvainaron sus armas amenazadoras y se pusieron en guardia con los ojos inyectados en sangre.

—Perros gigantes, habéis nombrado en vano a nuestro Dios. Estáis agotando mi paciencia, quitaos la ropa ya mismo u os rajamos de arriba abajo. Y no nos vengáis con tonterías.

Los escrótidos, que en su situación no podían sino tomar en serio las palabras de los marik-hitas, comenzaron a desvestirse. Dejaron sus escudos y sus bártulos a un lado. Se quitaron las cotas de malla, los jerséis de evo, los chándales del madriz, los parches sor Virginia, las camisetas de los Maiden, y las mayas de licra. Por fin, cuando Meués se desabrochaba el jubón protege-escrotos, todos los marik-hitas enmudecieron y sus ojos se abrieron como platos. Se quedaron petrificados, exánimes, quietos paraos.

«¡Oh, es el Elegido!» Exclamaban los marik-hitas. El jefe se acercó a Meués y tembloroso comenzó a leer los extraños signos que tenía Meués grabados mágicamente en el escroto. Leyó en voz alta, pronunciando lentamente en lo que parecía una suerte de antigua lengua arcana y acto seguido, se arrodilló frente al escrótido.

Los escrótidos que, en pelotas en medio del monte no entendían nada de lo que estaba pasando, comenzaron a plantearse si no hubiesen acabado antes eligiendo muerte.

—¿Pero se puede saber qué leches pasa ahora? —preguntó Eloués.

—Tu compañero oh, honorable escrótido, lleva grabado en su escroto la respuesta al enigma de nuestra civilización. Hace milenios, nuestro pueblo estaba en guerra con hermanos de la misma raza. La tribu de los Plumah-ghay y la tribu de los Billagh-pipol estaban enzarzadas en una irracional guerra fraticida. Entonces el Gran Culo, nuestro Dios, descendió y nos habló de esta manera: «No hay diferencia entre vosotros, sois todos marik-hitas. Pero vuestra violencia ofende a los dioses, voy a sumir en la niebla vuestras montañas y seréis condenados a habitar el subsuelo. Llegará un día en el que un bravo guerrero traerá vuestra redención y os mostrará el verdadero destino para el cual fuisteis creados. Hasta entonces debéis guardar esta espada mágica que deberéis entregar al Elegido, viviendo en el subsuelo como ratas y sin vía digital». Así hemos vivido desde entonces, aguardando este momento. Aquí está la respuesta. Mirad.

Y bajándose los pantalones, el jefe de los marik-hitas mostró su pequeño pene, el cual también tenía grabado unos símbolos, similares a los del escroto de Meués.

—Durante generaciones, al jefe del pueblo se le tatuaba este enigma en el pito para que no se olvidase su deber como guía de satisfacer a los dioses. En mi pene está escrito: Bhoira hen Pipah, bhoira henel Castehll. Y en el escroto del bravo guerrero escrótido, válgame la redundancia, pone: Picah esparht ifes cordehll. Los dioses han hablado, es su voluntad que, a partir de ahora podamos dejar el subsuelo y volvamos a nuestras montañas, seremos pastores, viviremos libres en paz y en la intimidad nos frotaremos con cordel de esparto y gozaremos de las ovejas y los animalillos silvestres. ¡Bendita la hora en la que vinisteis a descansar a nuestro río! Esperad ahora, pues hemos de entregaros la espada mágica.

Y sin mediar una palabra más, los marik-hitas se marcharon en tropel. Nuestros amigos, que aún no acababan de entender muy bien qué había pasado, decidieron esperar mientras se vestían. Poco después, los marik-hitas volvieron a aparecer llevando consigo un fardo envuelto en telas.

—He aquí la espada mágica del Dios Culo —dijo el jefe—. Se dice de ella que quien la porte vencerá a sus enemigos por siempre jamás. El honor es vuestro, honorable escrótido. Gracias por devolver la esperanza a mi pueblo.

Meués dio las gracias y desenvolvió la espada cuya hoja brillaba gloriosa como una alcachofa de charol. Cuando nuestro joven amigo alzó su brazo empuñándola, todos los marik-hitas se postraron a sus pies.

—Podéis ir en paz. ¿Hacia dónde os dirigís, escrótidos?

—Vamos como oteadores hacia BilaBeya-Ñagañosa, el viento nos dice que una grave catástrofe ha pasado allí. Los cutimaños han invadido la zona, y tememos que ellos estén detrás de esto.

—Es cierto que los cutimaños estuvieron por aquí. Arrasaron los campos, quemaron nuestros bosques. Pero ellos poco tuvieron que ver con la destrucción de BilaBeya-Ñagañosa. Fue una pandemia de moquillo lo que terminó con la población. Más valdría a vuestro ejército no deteneros allí, los cadáveres putrefactos se amontonan en las calles. Únicamente la peste y enfermedades venéreas os aguardan en ese pueblo. Mi consejo es que paséis de largo y os apresuréis a llegar a Xovarh.

Y dándoles su bendición, los marik-hitas marcharon a sus cavernas a preparar su viaje de vuelta a sus montañas ancestrales. Nuestros amigos volvieron al campamento a dar las noticias a sus tropas, ahora sabían que el tiempo jugaba en su contra si querían llegar a tiempo de liberar Xovarh.

miércoles, febrero 7

Capítulo séptimo: De los peligros del camino

Ahora ya no les vendían los donuts a quinientas alpesetas, ni las peladillas a mil; ahora ya no les miraban con desprecio al verles arrastrar sus enormes escrotos irritados por las calles de Alquérias; ahora ya no les escupían cuando iban en bici, ni dejaban caer chinchetas en los bordillos; ahora todos los alefantes que hubieron presenciado la victoria de los Cojones de Escrotia —así les llamaban ya— inclinaban sus cabezas al paso de un escrótido, les inflaban a ofrendas, les invitaban a chupitos en los bares, les encendían los cigarros…

Meués, de pura chiripa, había conseguido levantar el honor de Escrotia con una sola y poco brillante idea. Éste era el momento de los de su raza. Ahora los escrotos relucían más que nunca al amanecer.

Durante milenios había sido despreciada la raza de Meués por los alefantes. Éstos creyeron todo ese tiempo que la deformidad especial de sus escrotos había sido el castigo travieso de su dios Dumbo, pero ahora todo el mundo tenía muy claro que sus amplios cojones eran regalos del cielo. Orej On no dudó en nombrar a Meués Líder de los Escrótidos. Este cargo se inventó para él, pero no por ello lucía menos.

Fue así como los escrótidos avanzaron por todo el litoral alefantio en busca de nuevos contingentes cutimaños que abatir. Su próximo destino fue Xóvarh, un pequeño pueblo perdido en las montañas donde los alefantios solían ir a por agua y donde se hablaba un dialecto extraño. Hacía ya dos días que Orej On había recibido un galimatías de un recadero xoverho. Decía así:

Venen cutimaños per la playa. Saserquen demasiao. Deu mos de forses. Necessitem ajuda de los vecinos de Alquéries. Que no mos ajudareu una poquiua?

No estaban los alquérios para ayudar a nadie cuando recibieron el mensaje, pero ahora que los cutimaños habían caído bajo la lefa pegajosa de los escrótidos, Orej On vio como una prioridad inmediata la ayuda a los peculiares xoverohs, así que mandó a Meués al frente de su ejército mientras él se quedaba con los suyos para limpiar la arena de la playa de aquel chapapote blanco y reconstruir el pueblo de Alquérias.

Por el camino, a Meués y a su primo Eloués les ocurrieron mil y una aventuras, de las que vamos a relatar sólo una, la cual merece ser escrita aquí. Y es que, acampando a dos días de marcha desde Alquérias, por la noche, se oyeron extraños ruidos en la sierra. Los escrótidos fueron a alertar a Meués, que dormía plácidamente bajo Choch On, a quien se había traído consigo. Tan pronto como se puso en pie nuestro héroe oyó los terribles alaridos. Desde luego no parecían provenir de ningún ser racional. Quizá corrían peligro y debían de estar seguros de que no era así. Rápidamente, pero cagadito de miedo, llamó por el móvil a su primo para que se encargase él de todo. Lamentablemente, no lo tenía encendido.

—¡Cabrón —dijo Meués, con los huevos temblando de ofuscación—, siempre lo apaga para dormir, aunque estemos en guerra!
—Díganos, Jefe Meués, ¿qué es lo que debemos hacer? —le preguntaron sus hombres.
—Pues, ¿qué tenemos que hacer? Ir a ver qué pasa, no hay más cojones.

Tras decir esto, fingiendo seguridad lo mejor que pudo, llamó a los escrótidos más valientes que conocía para que fueran delante, y a los que tenían el escroto más grande para que fueran a su lado y así se adentró en la sierra. Guiados por el alarido continuado, caminaron campo a traviesa durante unos diez minutos enredándose los pelillos de los huevos en las zarzas cuando, de pronto, el que iba más adelantado paró la comitiva alzando la mano. Después, levitando sobre su escroto, se encaramó a un árbol alto. Desde allí relató lo que estaba viendo:

—Señor, creo ver un bulto grande moviéndose hacia un lado y hacia otro, pero sin cambiar de sitio, aunque violentamente —en su voz se apreciaba el comprensible miedo—, muy violentamente, Señor. El alarido viene de allí. Quizá se trate de un animal desconocido para nosotros en su lecho de muerte o…
—Bueno, pues si se está muriendo mejor lo dejamos solito, ¿no? —sugirió Meués.
Pero uno de sus hombres más valientes le replicó:
—Creo, Señor, que si nuestras huestes se encuentran amenazadas, es mejor dar un ataque sorpresa que esperar a que nos degüellen uno a uno y en silencio mientras dormimos plácidamente; y hagan después con nuestro cuerpo un…
—Vale, vale —le cortó apresuradamente Meués—, Coj Oncillo, todos te hemos entendido ya. Y tienes razón. Acerquémonos un poco más.

No demasiado avanzaron hasta que el que iba delante paró de nuevo la comitiva, excitado y, rápidamente, se acercó a Meués para susurrarle algo al oído que nadie más oyó. Nuestro héroe perdió de inmediato todo el temor que llevaba acumulado y suspiró largamente. Acto seguido comenzó a cabrearse a marchas forzadas.

—Oj Ete —le dijo en voz alta al oteador—, haz el favor de guardar esto en secreto, ¿de acuerdo? No quiero que tus compañeros se alerten más de lo que es debido—y le guiñó un ojo.
Oj Ete asintió con vehemencia.
—Y al resto os digo —prosiguió Meués— que volváis al campamento. De esto me encargaré yo solo. No quiero que despertéis a nadie. Si no vuelvo en una hora, partid a toda prisa sin mí, ¿entendido?

Todos los que le acompañaban en la comitiva admiraron a su jefe por su valentía y arrojo e insistieron en acompañarle, mas Meués fue tajante en eso. Iría solo a enfrentarse contra el peligro.

Poco más tarde, cuando los alaridos ya anunciaban la muerte próxima del animal, Meués se encontraba tan cerca de él que podía sentir casi su sufrimiento. No pudo reprimir estas palabras:

—¿Cuándo vas a dejarlo, eh, Eloués? ¿No comprendes que estamos metidos en algo serio? ¿No puedes aguantarte un poquito?
A lo que Eloués respondió, con lágrimas en los ojos:
—Es que me gusta mucho…
—¿Y a la vaca, tú crees que a la vaca le gusta? ¿No te da pena? Anda, ve y escóndela debajo de unas zarzas, no vaya a ser que la vea alguien y sospeche.
—Es que lo de las vacas es superior a mí. Tú tienes a Choch On, pero yo ¿a quién tengo, Meués, a quién?
Y ambos se abrazaron para llorar.
—¿Sabes lo que vamos a hacer cuando lleguemos al campamento, primo?
—¿Qué? —preguntó Eloués, abatido.
—Celebrar una fiesta de tres pares de cojones porque acabo de matar a una hidra con los huevos de colores, ¿qué te parece?
—Cojonudo, primo.

Y mientras volvían al campamento, apoyado el uno en el otro, se les oía decir:
—Oye, primo, ¿te he dicho que eres un tío de puta madre?

miércoles, enero 3

Capítulo sexto: ¡VIVANLOSGIGATRÓN-COPÓN!

Meués abrió los ojos sobresaltado, miró a su alrededor unos instantes, sólo consiguió ver mortíferas flechas que diezmaban a los suyos y su propia gente jinchándose a mamporros, los nervios habían hecho mella en los bandos aliados.

— ¡Pero qué coño estamos haciendo, es que estamos idiotas o qué! —gritó poniendo los brazos en jarras un fornido alefantio llamado Tranca el Hut, cuyo pene tenía enroscado dos veces en la cintura y le colgaba por encima del hombro derecho. Se colocó a su lado y también alzando la voz por encima de los gritos dijo:
— ¡Qué más me puede pasar! —acto seguido todos se quedaron mirando a Tranca, quien con los ojos llorosos se disponía a soltar un discurso de paz entre aliados, pero algo pasó, un ladrillo volaba desde una esquina de la habitación, todos quedaros pasmados viendo, como a cámara lenta, el piedro volar directamente hacia la cabeza de Trancas, e impactar con uno de sus puntiagudos cantos justo en el lagrimal del ojo derecho de éste. Y cuando parecía que la batalla dentro de la almena iba a reanudarse, Meués gritó:
— ¡Sé cómo acabar con los cutimaños! —mentira cochina, pero ahora tenía sólo unos instantes para descubrir cómo reventar esas galeras antes de que le corten el escroto. Entonces algo le vino a la cabeza y acudió corriendo al capitán de los alefantios, éste le escuchó y sin mucha esperanza aceptó probar su plan.

¡Viva nuestro salvador! ¡Meués es genial! ¡Meués es dios! ¡Meués es Elvis!… gritaba la enardecida multitud al ver cómo se hundían las embarcaciones cutimañas. El gobernador, enterado de quién había proporcionado el plan que salvo su ciudad, le reclamó en audiencia para que le explicase los pormenores de tan magnifico plan.

— ¡El salvador de mi ciudad! —gritó Orej on— No quiero que te dejes nada por contarme, quiero saber cómo acabaste con esos hijos de puta.
— De acuerdo señor, todo fue un golpe de suerte.
— No seas modesto chico —dijo con tono paternalista.
— No, soy Meués, el escrótido.
— ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Además de un fantástico líder, eres gracioso.

Tres horas duró la reunión, durante las cuales Meués trató de contar su plan sin que pareciera ridículo. Meués, preso del miedo, tuvo una idea, descabellada, sí, pero podía funcionar. Se armó de valor y le dijo al capitán:
— Lleva a tus hombres a la planta baja, justo enfrente de los barcos, que no os vean acercaros y permaneced escondidos hasta que una fuerte música suene, en ese momento atacad.

Meués explicó el plan a su primo y le pidió que organizara a los escrótidos. Una vez Eloués hubo organizado a sus compañeros, y tras asegurarse de que los alefantios estaban en formación, Meués empezó a musitar las primeras notas de su astuto ardid. Lo primero que hicieron los escrótidos fue colocarse frente a las ventanas y quitarse los jubones protege-escrotos, y apuntando sus miembros hacia las embarcaciones, todos gritaron al unísono con potentes voces acto seguido sus huevos se hincharon y de sus miembros unos chorros seminales inundaron el cielo, y los barcos se vieron sorprendidos por una lluvia pegajosa que les impedía utilizar sus arcos. En el momento que pararon las flechas, Meués sacó de su bolsillo una TDK de cromo y la puso en un viejo y destartalado casete, del aparato empezó a salir la música de Jorgi Dan. Los alefantios al oír la señal atacaron los barcos sin piedad al son de El Chiringuito y La Barbacoa. El ataque fue rápido y certero, los cutimaños fueron masacrados en cuestión de minutos, ya que no podían moverse, luchar ni defenderse. Los guerreros alefantios iban cortando cabezas y desmembrando cuerpos a su paso sin ninguna oposición. Meués y Elués se convirtieron en los líderes de los Escrótidos, que ahora se veían a si mismos como aguerridos soldados capaces de todo.

El magnifico plan sólo tenia una pega. Después de pasados unos días, y como terminar con la vida de los cutimaños fue fácil y sencillo como en Bricomanía, no hundieron los barcos, y un olor a carne pútrida y a semen reseco invadió la ciudad, era algo vomitivo. Orej On le dijo a su segundo Curro Cabez On:
— Es una lástima que aún no hayamos inventado el cañón, porque nos va a costar un rato hundir la flota.

Los escrótidos tenían la confianza necesaria para la guerra, partirían enseguida a la siguiente ciudad en asedio cutimaño, todos menos Meués, que era el único que sabía la suerte que tuvo para conseguir la victoria en esta batalla, no se veía líder de nadie, pero también sabia que sin sus cojones, el ejercito escrótido no tenia nada que hacer.

lunes, mayo 15

Capítulo quinto: Nightfall in Alquérias

Seis semanas tardó Meués en recuperarse del descubrimiento de la elefantiasis de Choch On, tras perder un zapato y encontrarse a quien buscaba un Ford fiesta rojo, frecuentó a la doncella día sí día no; cuando su ánimo y su fuerza física lo permitían.
Durante esos días los últimos contingentes de escrotios habían cruzado el mar flotando sobre sus pelotas y en Alquérias se había instaurado un nuevo orden militar. Se fortificaron las murallas, se racionaron alimentos, se establecieron fuertes controles en los accesos a la ciudad y se prohibió usar la mayonesa para fines no alimenticios. Meués había esperado recibir algún nuevo mensaje divino que le diera fuerzas en esos días de incertidumbre y miedo. Pasaba las mañanas afilando su espada y engrasando su jubón de cuero, comía en unas carpas habilitadas a los soldados: ése era el único momento del día en el que podía encontrarse con su primo Eloués, quien había sido destinado a las almenas más altas de la ciudad, desde donde se divisaba el mundo por lo menos hasta Huesca, y donde también gustaba nuestro simpático y pejiguero amigo de echar escupitajos a los transeúntes. Ese día mientras comían, Eloués confesó musitando a su primo:

— Meués, aún no se han hecho oficiales las noticias para que no cunda el pánico en la población, pero hemos avistado galeras cutimañas acercándose a Alefantia.

Meués sintió que se le erizaba el vello. Así pues, el momento se acercaba inexorable.

— ¿Cuándo darán la noticia a la población?

— Mañana, al alba. Es mejor tomar las medidas de defensa en silencio para no provocar un caos, se está movilizando a las tropas. He oído que a los escrotios nos van a enviar a defender las almenas, de modo que te asignarán un arco.

— Mis huevos hierven de excitación, primo. No obstante tengo miedo

— Y te entiendo, buena suerte. Quizá después de mañana no volvamos a vernos

Eloués prefirió no seguir y se marchó sin terminar su comida. Meués lo vio perderse entre la muchedumbre sin decir nada.

A la mañana siguiente, con las primeras luces, comenzaron a sonar los cuernos de la ciudad, los serenos tocaban sus campanas y alertaban a la población para que no saliesen de sus casas hasta nueva orden. Las galeras cutimañas ya podían avistarse desde la playa, sus velas oscuras cual hematoma crujían al viento anunciando su canción de muerte. En Alquérias todos los efectivos militares estaban en sus puestos para repeler el desembarco. Como en aquella época no se habían inventado los cañones, a nadie se le ocurrió disparar. Los barcos atracaron en las costas, el momento del desembarco había llegado. Sin embargo, nada parecía moverse en las galeras. Esto desconcertó a los defensores, que esperaban un ataque brutal. Se hizo el silencio. Miles de escrotos vibraban excitados ante el peligro, el sudor de huevos podía olerse en leguas a la redonda.


De repente, comenzó a sonar un estruendo fuera de las murallas. Eran los cutimaños, que golpeaban sus armas contra sus escudos y jaleaban a los defensores, insultándolos, haciendo referencias no muy agradables a la elefantiasis, cosa que no sentó muy bien intramuros. Los soldados apostados en las murallas comenzaron a insultarlos también. Las mujeres y los niños en el interior de las casas no alcanzaban a entender qué estaba sucediendo fuera, por si acaso mandaban a los niños taparse los oídos, se estaban diciendo cosas muy feas.
Entonces, cuando nadie lo esperaba, sonó un chasquido ensordecedor y el cielo se oscureció de súbito. Por un momento reinó la confusión en Alquérias que no acertaba a comprender qué había ocurrido y de repente, comenzaron los gritos y los impactos. ¡Flechas! Miles de flechas volando desde los barcos hacia la ciudad, tal era la cantidad que ocupaban todo el cielo sobre Alquérias, en un torrente que no cesaba. Meués vio con estupor cómo un soldado alefantio recibía varios impactos delante de él, por suerte todo su cuerpo era elefantiásico y le sirvió de parapeto a nuestro protagonista. Por todos lados se veían valerosos soldados caer alcanzados por flechas, algunos en el torso, otros en la cabeza y extremidades. No pudo reprimir las lágrimas al ver en la penumbra los muchos escrótidos con sus testículos ensartados, retorciéndose de dolor. Algunos, sabiéndose en agonía gritaban por qué se habían metido en esa guerra que no deseaban, otros gritaban al Divino Escroto Dorado que los recibiera en su palacio, donde un póster de Motorget recibía a los valientes guerreros caídos en batalla, y donde el jebi sonaba noche y día sin parar. Otros gritaban que era hora de comer, que menudo horario para ponerse a disparar. Todos odiaron a los cutimaños por eso.
Las tropas se rehicieron como mejor se pudo y se cubrieron para no ser impactados por las flechas enemigas. Sin embargo, el ataque no cesaba. Los escrótidos, para no perder costumbre, se sentaron de cuatro en cuatro y, bajo su protección se dispusieron a jugar al thruk, un juego local de sobremesa, total, pa estarse paraos, pues…
Sin embargo, ninguno de ellos se aventuraba a predecir cuándo terminaría este duro ataque. Toda la ciudad comenzaba a sentir los estragos de la lluvia mortífera cutimaña. Comenzaron a hundirse los tejados más endebles con los impactos.
¡Trentratresdanvit!
Gritaba un escrótido exaltado junto a Meués, demasiado asustado como para participar en el juego.
¡Thruke! ¡Rethruke! ¡Cuatrenbal!
Ahora, el tono de los escrótidos era más alto, parecía que fuesen a llegar a las manos de un momento a otro.
¡Lamanilla! ¡Elbasto! ¡Laspasa! ¡Lafigatamare!
Llegado a este punto, unos se abalanzaron sobre los otros y comenzaron a darse de navajazos. Meués, impresionado ante tanto horror, comenzó a sentir una fuerte opresión en su escroto, su vista comenzó a nublarse. Una voz susurraba en sus oídos en tono creciente: “Meués. Debes liderar a tu pueblo a terminar con la amenaza de los cutimaños, debes hacer lo que digan tus huevos. Hazlo por huevos. Hazlo por huevos…” Los extraños signos gnómicos brillaron tenuemente en el instante en el que Meués perdía el conocimiento.
Las flechas enemigas seguían tendiendo su sombra macabra sobre la ciudad. La oscuridad había caído en Alquérias.

domingo, abril 9

Capítulo cuarto: Aventuras en Alquérias

Meués, una vez liberado de su apestosa carga, con el escroto todavía escocido por la sal del mar, decidió emprender su paseo dirigiéndose primero hacia la Plaza Mayor de Alquérias, por ver mejor cómo funcionaba la sociedad alefante. De lo primero que se dio cuenta Meués es que las ciudades del otro lado del charco no estaban preparadas para los enormes cojones de los escrótidos. Éstos tropezaban irremediablemente con los bordillos y los badenes de las calles. El mismo Meués estaba ya hasta los huevos (nunca mejor dicho), de tanto roce; y los tenía del color de los tomates.

En la Plaza Mayor los alefantes eran un hormiguero, en contraste con los escrótidos, cuyos enormes escrotos no les permiten avanzar muy rápido, y que viven mucho más tranquilos. Ellos son más pasotas. Allí todo era comercio, vendían juegos de Amstrad, figuritas de las Spice Girls, discos de los Take That, chapas de Esteso, y hasta reliquias como una pestaña de Rasputín.

— ¡Hola, escrótido, bienvenido a Alquérias! Tengo una cosa que igual le interesa. Mírela bien—y un alefante de una de las paraetas, un tipo gordísimo, le mostraba una bola gris de pelos y tela desmenuzada, esponjosa, maloliente—. Es de primera calidad. Se lo aseguro yo…

Meués le miraba raro porque no estaba acostumbrado a estas cosas, claro, y le contestó:
— Respetable comerciante alefante, he de decir que me impresiona gratamente su producto—esto era mentira, por supuesto, sólo quería quedar bien—y le juro que…

— Se lo aseguro yo—le cortó enseguida el comerciante—porque soy yo mismo quien las fabrica—y guiñándole el ojo a Meués se levantó la camiseta para mostrarle un ombligo elefantiásico que parecía que le iba a comer, repleto de pequeñas pelusas incomunicadas que iban creciendo y avanzando unas hacia otras intentando encontrarse—. Las tengo de tropecientos colores… Mire, las tengo blancas, rojas, negras y amarillas… todo depende de la camiseta que me ponga…

Meués no pudo soportar el asco y se largó por patas musitando un lo siento, no me interesa casi inaudible. Se dio cuenta de que quizá no había sido una buena idea meterse de lleno en la Plaza Mayor. Prefirió callejear un rato, para empaparse de la vida rutinaria de esas gentes a las que debía defender.

De pronto, de lo alto de un edificio, oyó gemidos quejumbrosos que caían desde un balcón con barandilla negra. Meués sintió que era su obligación acudir en ayuda de quien profería aquellos estruendosos gritos de marrano. Por eso, exprimiendo el poder mágico de su escroto—todos los escrótidos son también magos escrotenses—conjuró a las fuerzas de los espermas aéreos y las sílfides seminales para poder levitar junto con sus enormes huevos. Al llegar a la altura del balcón pudo ver algo horrible. Un alefante maligno estaba echado sobre una pobre alefanta indefensa, e intentaba corromperla con su lengua desproporcionada y rosa. Meués, persona valiente, defensor de los oprimidos, se plantó en medio de la alcoba y dijo:
— ¡Alto, nefando e infame alefante! No he de permitir yo que profanes la belleza sin mácula de esta hermosa alefanta con tu lengua infecta. Ven aquí y lucha contra mis poderes si es que tienes valor.

El alefante, sorprendido, intentó explicarle que no era su intención pelear con el escrótido, que la verdad es que no intentaba manchar nada, que lo de la saliva no lo podía evitar, que estaba casado y hacía esto por dinero, que había sido la propia Choch On quien le había pedido encarecidamente que la visitara esa misma tarde a cambio de unas cuantas alpesetas, que… Pero la hipertrofia de su lengua no hacía nada de ello audible. Es más, Meués lo interpretó como un sortilegio maligno con el que el pobre Emil Io—pues así se llamaba el desdichado—, apestando a colonia Nenuco, intentaba derrotarlo, así que, raudo y veloz, agarró la punta de la lengua gigante y la pasó por entremedias de los barrotes del balcón para después, en un esfuerzo sobreescrótido, saltar hacia el vacío arrastrando con su peso la lengua y el cuerpo de Emil Io hasta que la cara de éste dio contra los barrotes del balcón, saltando casi todos sus dientes.

Los testículos de Meués quedaron a pocos centímetros del suelo y, colgando triunfador de la lengua de su adversario, no pudo evitar sonreír ampliamente. Poco más tarde, cuando la sangre comenzó a gotear desde el balcón, Meués se dejó caer despacito.

Unos cinco pisos más arriba, Choch On, pasado el susto por la irrupción del extraño en su propia alcoba, cabreada porque le habían cortado el rollo, comenzó a pensar—teniendo siempre en mente los grandes cojones de Meués—que igual las cosas no habían ido del todo mal y que quizá no tendría ya por qué gastarse ninguna alpeseta para poder echar un polvo esa misma tarde. Así, atusándose un poco el cabello y arreglándose su amplísima falda con polisón de nardos que le llegaba hasta el suelo, bajó a toda prisa por las escaleras para saludar a su “salvador”.

Al abrir la puerta se encontró a Meués, crecido y entusiasmado, sentado orgullosamente sobre su escroto, esperando.

— Hola—dijo Choch.
— ¡Oh, bellísima dama!—dijo Meués—Si bien es verdad que yo os he salvado la inocencia, no quiero que por ello os sintáis en deuda conmigo, pues sólo estaba cumpliendo con mi deber y…

Choch, sorprendida por aquella forma extraña de hablar, decidió seguirle el rollo y, con serio continente, le dijo:
— ¡Maravilloso caballero escrótido! Le debo mi honor y mi dicha. Es usted por quien mis días tendrán sol y mis noches luna, he de pagarle esto como sea. Yo soy la princesa Mairena, y le ruego que me diga su nombre para poder suspirarlo en la intimidad.
— Mi nombre es Meués el Ou, hijo de Mepica el Ou, nieto de Mecou el Ou, cuyo hermano, Reventa mel Ou, fue un gran escrótido y el mejor chapista del reino de Escrotia, mi patria.

Choch se aguantó la risa como pudo y, sin quitarle la vista del escroto, le invitó a su casa:
— Pase, pase, que he de invitar a su excelencia a algo.
— Gracias, pero no tengo hambre.
— Tendrá que comer, se lo aseguro.
— Bien, si insiste.

Así fue como Meués el Ou entró en la casa de Choch On, donde le esperarían grandes aventuras, aunque, por lo pronto, a nuestro héroe no se le ocurrió otra cosa que decir que esta:
— Oh, hermosa Mairena, tengo entendido que aquí en Alefantia todo el mundo tiene una deformidad propia y que, aunque vuestro reino es grande y el cuerpo limitado, no se ha dado el caso de que coincidan dos personas vivas con una misma deformidad.
— En efecto, mi buen caballero.
— Si así es, mi preciada Mairena, ¿cómo es que yo en vuesa merced no encuentro sino la perfección en los rasgos? ¿Es que no es de por aquí?
— Querido Meués, en el caso de vuestros cojones—y ahí se le llenaron de chispitas los ojos—la cosa salta a la vista, pero mi elefantiasis es de un cariz no visible a simple vista. Pero más tarde se lo enseño, tranquilo.
— No, si no hace falta…
— Tendrá que verlo, se lo aseguro.

viernes, marzo 31

Capítulo tercero: El Sueño


Meués se sintió feliz, miró su cuerpo desnudo que flotaba, no veía el suelo, su tierra, esa tierra donde se habían quedado todas sus preocupaciones. No entendía qué le estaba pasando, pero una sensación de bienestar le recorría todo el cuerpo, fue entonces cuando lo vio, su gigantesco escroto relucía con más fuerza que nunca.

—¡Cojones! —se sobresaltó—¿Quién coño ha estado garabateándome en los huevos?
Un gran resplandor despuntó ante él, una intensa luz cálida y agradable. La voz sonó en su cabeza, y sus ojos, acostumbrados ya a la intensa luz, vislumbraron la silueta del Gran Escroto Dorado.

—Meués, has sido elegido, la salvación de Escrotia está en tus huevos. Esa inscripción no es ningún garabato, pero su contenido te será revelado en su debido momento.

Con las palabras del Gran Escroto Dorado resonando en su cabeza, despertó. Buscó en su elefantiásico escroto algo que le dijese que su sueño era sólo un sueño, pero encontró algo, una inscripción. —Es cierto — dijo para sí mientras observaba su escroto que reposaba sobre sus piernas. A escasos centímetros se hallaba Eloués, que le miraba con preocupación. Meués miró a su alrededor somnoliento, y recordó dónde se encontraba, viajaba hacia la guerra, una guerra idiota, con la que ningún escrótido se sentía identificado. A su mente regresó la imagen del Gran Escroto Dorado. Que su dios se manifestará ante los escrótidos no era anormal, pues lo hacía un par de veces por año, normalmente para la gran fiesta en su honor o para señalar algún elegido para que le compre tabaco.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Eloués.
—Sí, sólo estoy un poco aturdido.
—Has dormido durante un día entero, me estaba preocupando, ¿estás seguro de que estás bien?, se te veía intranquilo mientras dormías.
—Tuve un sueño muy extraño —entonces reflexionó—. Será mejor no decir nada de esto por ahora —se dijo.

Entre planes de suicidio y lúgubres conversaciones entre los escrótidos que viajaban en su caravana discurrió el viaje. Ver el sol de nuevo, después de un día entero en la caravana y poder estirar las piernas fue un alivio, pero esa sensación agradable duró poco. Allí reunidos, estaban cientos de sus camaradas listos para partir. Todos, los jóvenes y los ancianos, aguardaban su turno para hacerse a la mar, en el que posiblemente sea su último viaje. —¡Pipas, quicos, carameeeeeeelos…! —un vendedor anunciaba sus productos a voz en grito. Meués y Eloués se preparaban con sus ropajes de combate: coraza de cuero, brazales y grebas acero galbanizao, sus magníficos jubones protege-escrotos de cuero labrado con preciosas escenas de la vida diaria de los escrótidos, un escudo circular y una espada. Los alicaídos y pensativos escrótidos empezaban ya a hacerse a la mar. Los escrótidos tienen una forma curiosa de navegar, mediante un sortilegio hinchan sus escrotos, les aparecen unas antenitas en la parte superior de los testículos las cuales usan como timón. El viaje hasta el reino de Alefantia es un recorrido corto, de unas horas, que todos intentaron alargar lo máximo posible, pero, al fin, todos llegaron a su destino.
Todos los escrótidos empezaron a formar ante los boquiabiertos alefantios allí reunidos, pues no era normal ver a un escrótido fuera de sus tierras y ahora se congregaban cientos de ellos. Los alefantios los miraban con una mezcla de temor, admiración y respeto, pues mientras que los escrótidos sólo tenían los escrotos gigantescos y el resto del cuerpo completamente normal, cada alefantio tenía elefantiasis en un lugar distinto de su cuerpo.

—¡Amigos escrótidos! —dijo un alefantio con una oreja descomunal, igual de grande que el resto de su cuerpo, el cual hablaba desde un balcón situado en el edificio más grande y lujoso de cuantos se veían—Aquí estáis, como nuestros antepasados acordaron, para ayudarnos a defender nuestras tierras de los cutimaños —al pronunciar esta palabra su oreja se fue tornando rojiza, hasta alcanzar el color de un pimiento maduro—. Soy Orej On gobernante de la gran ciudad-puerto de Alquérias, aquí la tenéis para vuestro gozo y disfrute, pues saldréis al frente con el próximo batallón que abandonará Alquérias en un par de días, hasta entonces disfrutad de la estancia.

Con estas palabras, el hombre acompañado de su gran oreja, desapareció dentro del edificio. Meués se sentía mal. Aunque a su lado se encontraban sus mejores amigos, sus familiares y conocidos, él tenia una sensación pesada en el vientre, algo tenía que hacer que no podía esperar más. Al fin se decidió y acercándose a uno de los oficiales que custodiaban la entrada al gran edificio de donde había salido Orej dijo:
—¿Dónde están nuestros aposentos, pues me estoy cagando escroto pabajo!
—En aquellos edificios de allí —ante él, un enclenque hombrecillo delgado pero con un brazo izquierdo enorme, cuya mano rozaba sensiblemente el suelo, señalaba hacia un grupo de edificios de unas tres plantas—. Allí os indicarán.
—Gracias —contestó Meués con la cara sudorosa y el culo fruncido como una bolsa de ir a por el pan.

Hacia allí se dirigieron. Unos alefantios les acomodaron en unas grandes salas llenas de literas. No era su ideal de morada, pero para un par de días no estaba mal. De repente vio algo en la otra punta de la habitación, algo que le hizo esbozar una sonrisa, algo con lo que hacía ya rato que andaba fantaseando, una puerta en la cual un cartel rezaba: W.C. Corrió como no había corrido hacia esa puerta maravillosa, abrió, se sentó acomodando su escroto en el suelo y por fin, después de mucho sufrimiento, liberó su intestino en el interior del retrete. Ya relajado, y con el esfínter algo dolorido, se preparó para pasear por esa desconocida ciudad.