Capítulo noveno: Rebelión
Aguardando la llegada de Meués y Eloués, los escrótidos, ya recuperados del cansancio, propusieron hacer una reunión para decidir el futuro de Meués como jefe.
—¿Por qué ha de ser él?, no es más que nosotros.
—Meués nos salvó en Alquérias, todos hubiésemos muerto allí de no ser por él.
—Simplemente tuvo suerte, un golpe de suerte seminal, eso es todo.
—Nos salvó de la bestia hace un par de noches, la bestia cuyo grito desgarrado heló nuestra sangre.
Después de horas de discutir llegaron a una conclusión. Al regreso de Meués se celebrará una votación escrotiana (una votación escrotiana, no es ni más ni menos que una votación normal, todo el mundo es candidato y nadie puede votarse a sí mismo, porque en las primeras elecciones a gobernador de Escrotia, absolutamente todos los votantes se votaron a sí mismos. Con los resultados en la mano, se elige a los dos más votados, estos dos, se hinchan a hostias hasta que uno de los dos caiga muerto o se rinda).
Meués llego a Xovarh pasados tres días, allí no se veía alefantio ninguno, sólo cutimaños celebrando su victoria: habían llegado tarde. De repente algo les asustó, un ruidito, ambos se giraron y vieron que estaban rodeados por unos encapuchados que les apuntaban con arcos, uno de ellos, el que parecía mas grande y corpulento, se les acercó y les dijo:
—Seguidnos, no queremos haceros daño.
Tras unas horas de viaje, entraron en una cueva, allí ante las sorprendidas caras de Meués y Eloés sus extraños captores retiraron sus capuchas, eran alefantios.
—Hasta nuestros oídos ha llegado la gesta que los escrótidos protagonizasteis en Alquérias, soy Don Pinpón gobernador de Xovarh —dijo el alefantio mas alto, que tenía el pulgar de la mano derecha igual de grande que el resto del brazo—. ¿Cómo os llamáis, guerreros?
—Soy Meués el Ou, jefe de los escrótidos, y éste es Eloués Meu segundo en las filas escrótidas. ¿Sois los supervivientes del asedio?
—Sí, las tropas de Zaplanah «El Recalificador» nos masacraron en tres días, decía no sé qué de un parque que construiría en nuestras tierras. Nosotros luchamos como pudimos, pero esos cutimaños —y en este momento Don Pinpón, se echó las manos a la cara y rompió a llorar—. Nada pudimos hacer —dijo entre sollozos—, diezmaron nuestras filas, quemaron nuestras casas y se follaron a nuestras cabras y mujeres. ¿Qué haremos ahora?
—Nosotros os ayudaremos, ¿de cuántos hombres disponéis?
—Creo que... juntando los dos grupos de alefantes, pues nos dividimos para llamar menos la atención, podríamos reunir unos... doscientos hombres fuertes para luchar.
—Bien, en dos semanas estaremos aquí con el resto de escrótidos, decid a vuestros compañeros que estén listos para la batalla, nos reuniremos aquí en dos semanas, no podrán con nosotros.
Después de tres días y medio de camino, exhaustos como estaban, encontraron un ambiente que no se esperaban. La gente se hallaba crispada por culpa de una idea que había surgido: ¿merecía Meués ser jefe de los escrótidos? Habían decidido mientras estaba fuera que no se había ganado ese privilegio y que tendría que ser sometido a votación. En la votación salieron como vencedores Meués y un enorme guerrero, el más fuerte de todos, posiblemente también el más cabroncete, pues sabía que podía ganar a Meués con los ojos cerrados, y puso a muchos escrótidos a su favor y en consecuencia en contra de Meués. La gente se hallaba dividida, incluso Choch On que se había estado tirando a el contrincante de Meués, por si acaso, no sabía qué pensar, ¿quién ganaría?
—Como manda la tradición, ahora debes vencerme si quieres seguir liderando a los escrótidos —dijo el inmenso escrótido llamado Al-Morranna Sangrante.
Meués tragó saliva —Y lo haré, por que tengo huevos.
Aún no había terminado la frase, cuando un tremendo hostión le derribó. Desde detrás se oía a Al-Morranna reír y burlarse. Pero no duró mucho la alegría, pues Meués le acababa de propinar un tremendo golpe en la parte posterior de la rodilla que le hizo caer. Al-Morranna cogió en volandas a Meués y al grito de «!yo, te revientoooooo¡» lo lanzó contra un árbol. Ya sin saber de dónde le venían los golpes, nuestro heroico pero ensangrentado protagonista aprovechó un descuido de su contrincante para ponerse en pie. «Lucha como un hombre», le gritó a Al-Morrana. Craso error, pues, lo último que Meués consiguió ver antes de que la sangre le entrara en los ojos, fue una vena que palpitaba en el cuello del hombre que lo estaba machacando, mas o menos del diámetro de una anaconda. Pasaron unos cuarenta minutos en los cuales, Meués aguantó estoicamente todos los golpes que amablemente le propinaba su compatriota.
Detengámonos a ver esta escena con detenimiento, pues marcará el futuro del periplo que nos ocupa. Meués hecho literalmente papilla, el gigantesco escrótido que ante él se encontraba, fresco como un paquete de arroz tres delicias de Findus. Al-Morranna inició una carrera a toda velocidad puño en ristre, con el fin de arrancarle la cabeza de un último y fatal golpe a Meués, éste, desesperado por no encontrar la manera de vencer, se preparó para lo peor, pero en ese momento, en ese preciso momento en el cual tenía por cierto que moriría, ocurrió lo increíble, una luz al fondo del negro túnel en el que estaba sumiendo despuntaba: la espada. Asió como pudo la empuñadura y entonces comprendió lo que tenia que hacer. Miró al cielo, alzó la espada y gritó, «YMCA», de la espada brotaban rayos cegadores. Sólo pasados un par de minutos pudieron los escrótidos allí reunidos ver a Meués. Estaba igual, pero distinto, la sangre seguía cubriendo su cuerpo, pero un aire de seguridad le rodeaba, entonces miró a su alrededor, vio la cara de sus compañeros y amigos, limpió la sangre que cubría su cara con su mano izquierda, y entonces dijo pausadamente «ya sé kung-fu». Cuando Al-Morrana se dirigía hacia él para rematar la faena, algo sucedió. Meués se apartó con un simple gesto, librándose así del monstruoso golpe que se le venía encima, para, acto seguido, propinarle un tremendo rodillazo en el estómago a su rival, que le hizo brotar sangre de la boca y lo dejó sin sentido.
El día siguiente, con el cuerpo dolorido, pero contento por su victoria, reunió a los escrótidos, y les dijo:
—Amigos, debemos devolver Xovarh a sus legítimos dueños, sabemos que ésta no es nuestra guerra, pero aquí estamos. Pudiera llegar el día en que un escrótido no cumpla su palabra, incluso pudiera llegar el día en que los escrótidos salven sus cojones volviendo a casa, pero hoy no será ese día. Nosotros lucharemos, y lucharemos como lucharíamos para proteger nuestra tierra. Éste amigos, es un mundo extraño, por un chusco de pan te pegan dos collejas y se quedan más anchos que largos, pero un pacto ancestral nos une a esta gente. ¿Hay alguien aquí que quiera volver a casa?
—¡Yoooooooo! —gritó todo el mundo.
—Y yo, amigos, pero lo que realmente debéis de preguntaros es ¿queréis regresar con la cara bien alta y poder mostrar cómo vuestros huevos vencieron a todos los enemigos que ante vosotros se presentaron, o por el contrario queréis volver como perros, con el rabo entre las piernas? Puede que así os salvéis, viváis, un tiempo al menos, pero pensad: dentro de un año o dentro de treinta, en vuestro lecho de muerte, ¿acaso no cambiaríais todos esos años, cada día de ese tiempo, por morir como un escrótido luchando?
—¡Siiiiiiiiiiii!, ¡lucharemos! —gritaron todos al unísono.
—¿Por qué ha de ser él?, no es más que nosotros.
—Meués nos salvó en Alquérias, todos hubiésemos muerto allí de no ser por él.
—Simplemente tuvo suerte, un golpe de suerte seminal, eso es todo.
—Nos salvó de la bestia hace un par de noches, la bestia cuyo grito desgarrado heló nuestra sangre.
Después de horas de discutir llegaron a una conclusión. Al regreso de Meués se celebrará una votación escrotiana (una votación escrotiana, no es ni más ni menos que una votación normal, todo el mundo es candidato y nadie puede votarse a sí mismo, porque en las primeras elecciones a gobernador de Escrotia, absolutamente todos los votantes se votaron a sí mismos. Con los resultados en la mano, se elige a los dos más votados, estos dos, se hinchan a hostias hasta que uno de los dos caiga muerto o se rinda).
Meués llego a Xovarh pasados tres días, allí no se veía alefantio ninguno, sólo cutimaños celebrando su victoria: habían llegado tarde. De repente algo les asustó, un ruidito, ambos se giraron y vieron que estaban rodeados por unos encapuchados que les apuntaban con arcos, uno de ellos, el que parecía mas grande y corpulento, se les acercó y les dijo:
—Seguidnos, no queremos haceros daño.
Tras unas horas de viaje, entraron en una cueva, allí ante las sorprendidas caras de Meués y Eloés sus extraños captores retiraron sus capuchas, eran alefantios.
—Hasta nuestros oídos ha llegado la gesta que los escrótidos protagonizasteis en Alquérias, soy Don Pinpón gobernador de Xovarh —dijo el alefantio mas alto, que tenía el pulgar de la mano derecha igual de grande que el resto del brazo—. ¿Cómo os llamáis, guerreros?
—Soy Meués el Ou, jefe de los escrótidos, y éste es Eloués Meu segundo en las filas escrótidas. ¿Sois los supervivientes del asedio?
—Sí, las tropas de Zaplanah «El Recalificador» nos masacraron en tres días, decía no sé qué de un parque que construiría en nuestras tierras. Nosotros luchamos como pudimos, pero esos cutimaños —y en este momento Don Pinpón, se echó las manos a la cara y rompió a llorar—. Nada pudimos hacer —dijo entre sollozos—, diezmaron nuestras filas, quemaron nuestras casas y se follaron a nuestras cabras y mujeres. ¿Qué haremos ahora?
—Nosotros os ayudaremos, ¿de cuántos hombres disponéis?
—Creo que... juntando los dos grupos de alefantes, pues nos dividimos para llamar menos la atención, podríamos reunir unos... doscientos hombres fuertes para luchar.
—Bien, en dos semanas estaremos aquí con el resto de escrótidos, decid a vuestros compañeros que estén listos para la batalla, nos reuniremos aquí en dos semanas, no podrán con nosotros.
Después de tres días y medio de camino, exhaustos como estaban, encontraron un ambiente que no se esperaban. La gente se hallaba crispada por culpa de una idea que había surgido: ¿merecía Meués ser jefe de los escrótidos? Habían decidido mientras estaba fuera que no se había ganado ese privilegio y que tendría que ser sometido a votación. En la votación salieron como vencedores Meués y un enorme guerrero, el más fuerte de todos, posiblemente también el más cabroncete, pues sabía que podía ganar a Meués con los ojos cerrados, y puso a muchos escrótidos a su favor y en consecuencia en contra de Meués. La gente se hallaba dividida, incluso Choch On que se había estado tirando a el contrincante de Meués, por si acaso, no sabía qué pensar, ¿quién ganaría?
—Como manda la tradición, ahora debes vencerme si quieres seguir liderando a los escrótidos —dijo el inmenso escrótido llamado Al-Morranna Sangrante.
Meués tragó saliva —Y lo haré, por que tengo huevos.
Aún no había terminado la frase, cuando un tremendo hostión le derribó. Desde detrás se oía a Al-Morranna reír y burlarse. Pero no duró mucho la alegría, pues Meués le acababa de propinar un tremendo golpe en la parte posterior de la rodilla que le hizo caer. Al-Morranna cogió en volandas a Meués y al grito de «!yo, te revientoooooo¡» lo lanzó contra un árbol. Ya sin saber de dónde le venían los golpes, nuestro heroico pero ensangrentado protagonista aprovechó un descuido de su contrincante para ponerse en pie. «Lucha como un hombre», le gritó a Al-Morrana. Craso error, pues, lo último que Meués consiguió ver antes de que la sangre le entrara en los ojos, fue una vena que palpitaba en el cuello del hombre que lo estaba machacando, mas o menos del diámetro de una anaconda. Pasaron unos cuarenta minutos en los cuales, Meués aguantó estoicamente todos los golpes que amablemente le propinaba su compatriota.
Detengámonos a ver esta escena con detenimiento, pues marcará el futuro del periplo que nos ocupa. Meués hecho literalmente papilla, el gigantesco escrótido que ante él se encontraba, fresco como un paquete de arroz tres delicias de Findus. Al-Morranna inició una carrera a toda velocidad puño en ristre, con el fin de arrancarle la cabeza de un último y fatal golpe a Meués, éste, desesperado por no encontrar la manera de vencer, se preparó para lo peor, pero en ese momento, en ese preciso momento en el cual tenía por cierto que moriría, ocurrió lo increíble, una luz al fondo del negro túnel en el que estaba sumiendo despuntaba: la espada. Asió como pudo la empuñadura y entonces comprendió lo que tenia que hacer. Miró al cielo, alzó la espada y gritó, «YMCA», de la espada brotaban rayos cegadores. Sólo pasados un par de minutos pudieron los escrótidos allí reunidos ver a Meués. Estaba igual, pero distinto, la sangre seguía cubriendo su cuerpo, pero un aire de seguridad le rodeaba, entonces miró a su alrededor, vio la cara de sus compañeros y amigos, limpió la sangre que cubría su cara con su mano izquierda, y entonces dijo pausadamente «ya sé kung-fu». Cuando Al-Morrana se dirigía hacia él para rematar la faena, algo sucedió. Meués se apartó con un simple gesto, librándose así del monstruoso golpe que se le venía encima, para, acto seguido, propinarle un tremendo rodillazo en el estómago a su rival, que le hizo brotar sangre de la boca y lo dejó sin sentido.
El día siguiente, con el cuerpo dolorido, pero contento por su victoria, reunió a los escrótidos, y les dijo:
—Amigos, debemos devolver Xovarh a sus legítimos dueños, sabemos que ésta no es nuestra guerra, pero aquí estamos. Pudiera llegar el día en que un escrótido no cumpla su palabra, incluso pudiera llegar el día en que los escrótidos salven sus cojones volviendo a casa, pero hoy no será ese día. Nosotros lucharemos, y lucharemos como lucharíamos para proteger nuestra tierra. Éste amigos, es un mundo extraño, por un chusco de pan te pegan dos collejas y se quedan más anchos que largos, pero un pacto ancestral nos une a esta gente. ¿Hay alguien aquí que quiera volver a casa?
—¡Yoooooooo! —gritó todo el mundo.
—Y yo, amigos, pero lo que realmente debéis de preguntaros es ¿queréis regresar con la cara bien alta y poder mostrar cómo vuestros huevos vencieron a todos los enemigos que ante vosotros se presentaron, o por el contrario queréis volver como perros, con el rabo entre las piernas? Puede que así os salvéis, viváis, un tiempo al menos, pero pensad: dentro de un año o dentro de treinta, en vuestro lecho de muerte, ¿acaso no cambiaríais todos esos años, cada día de ese tiempo, por morir como un escrótido luchando?
—¡Siiiiiiiiiiii!, ¡lucharemos! —gritaron todos al unísono.

